🌿 Nota de Catalina:
Este blog nace de una mente neurodivergente y un corazón inmigrante. Es una mezcla de recuerdos, plantas, recetas, viajes y reflexiones—sin líneas rectas, solo historias de un cerebro que piensa distinto.
Escribo para ser la voz que una vez necesité—para quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar, incomprendidos, o “demasiado.” No están solos.
👉 Read this post in English: A story about anxiety, paddleboarding, and reclaiming joy
Mi mamá dice que cuando era niña, tenía muchos miedos: a la oscuridad, a los insectos, a la gente.
Una vez, cuando uno de mis hermanos era bebé, encontró un gusano grande al lado de la cuna y llamó a mi papá para que la ayudara. Él se rió y le dijo que no era gran cosa. Ese momento marcó algo en ella. Se prometió a sí misma que criaría hijos sin miedo.
Y en muchos sentidos, lo hizo.
Mis hermanos son mucho más valientes que yo, pero todos crecimos sin miedo. Mi hermano llevó esa lección al extremo: parapente, buceo, coleccionando mascotas exóticas. Mi hermana y yo no tomamos tantos riesgos, pero somos seguras de nosotras mismas. No nos asustamos fácilmente — ni por animales, ni por aventuras, ni por lo desconocido.
Pero algo cambió cuando entré a mis 40.
En mis 20 y 30, no tenía problema en hacer cosas sola. Viajé sola por China y Japón. Caminé por mercados donde nadie hablaba mi idioma, tomé trenes hacia ciudades de las que nunca había escuchado antes, y me senté en restaurantes diminutos donde era la única extranjera. Amaba esos momentos — me hacían sentir viva, capaz y libre.
Ahora me cuesta hacer cosas sola. Incluso algo que me encanta, como el paddleboarding, se siente más difícil de empezar. Me pregunto por qué, y creo que es porque la independencia se siente diferente cuando no tienes cerca una red de apoyo.
También empecé a notar otros pequeños cambios. Me volví más cautelosa. Y lo primero que noté fue cuánto me empezó a generar ansiedad manejar.
Aún no sé qué está pasando en mi cerebro (estoy trabajando con doctores), pero la ansiedad es fuerte — tan fuerte que está empezando a moldear mis días. He dejado de hacer algunas cosas que amo — no porque no las disfrute, sino por lo estresantes que se han vuelto.
Así que me adapto. Planeo. Trato de controlar lo que puedo.
Cuando mi terapeuta me sugirió hacer listas, estuve totalmente de acuerdo.
Me encantan las listas — ordenadas y prácticas, una forma de calmar el caos en mi cabeza. Así que hice una para el paddleboarding, algo que siempre me ha gustado. Qué empacar. A dónde ir. Cómo llegar. Cada paso escrito.

Y aun así… no pude hacerlo.
Ahí me di cuenta de que no se trata solo de planear o de la ansiedad. Se trata de no tener a quién llamar para decirle: “Oye, ven conmigo.”
Tengo una comunidad — mi mamá, mi hermana, mis amigas — pero están lejos, ocupadas o lidiando con sus propios problemas. Nuestra conexión se ha convertido en enviarnos memes sobre los pensamientos que nunca nos dejan, una manera de decir “Aquí sigo” sin tener la energía para decir “No estoy bien.”
En mis 40, he aprendido que esta etapa de la vida puede ser una de las más vulnerables para las mujeres. Las hormonas cambian. El cuerpo cambia. Y las relaciones cambian — a veces de manera dolorosa. A demasiadas nos engañan o nos dejan en este momento, justo cuando más necesitamos apoyo. Algunas seguimos viviendo con la pérdida y el silencio que deja.
Incluso el sistema médico puede sentirse frío. Te sientas en el consultorio del doctor, cuentas tus síntomas y escuchas: “Tus análisis están bien. Tal vez es tu cerebro. Toma estas pastillas.”
Sales con una receta y la misma soledad con la que entraste.
No estamos rotas. Pero estamos cansadas. Y estamos solas.
Las listas pueden ayudarte a recordar el bloqueador solar. No pueden tomarte de la mano cuando el corazón se acelera. No pueden darte el valor que viene de saber que alguien estará ahí si caes.
Lo que necesitamos — lo que tantas necesitamos — es una aldea. Y reconstruir la mía es una prioridad en mi lista.
En mis 20 y 30, exploraba sin dudarlo:



Pero aquí está la pregunta: ¿cómo construimos comunidad después de los 30?
Ya no estás en la escuela, no siempre quieres tener amistades con tus compañeros de trabajo, y es aún más difícil cuando trabajas desde casa.
Recientemente volví a estudiar, esperando ese sentido de pertenencia, de conexión real. Pero me equivoqué. No hay interacción — solo clases, tareas y un ciclo de dar y consumir “conocimiento”. Lo que falta son las conversaciones sobre nuestras experiencias, nuestros orígenes, nuestras metas, sueños y esperanzas.
No me malinterpretes, volver a estudiar es una experiencia increíble — pero sin conexión humana, se siente incompleta.
Así que dime — si eres introvertido, si no tienes hijos, si perdiste a tu pareja o a las personas más cercanas — ¿cómo lo haces?
¿Cómo vuelves a encontrar tu aldea?
Me encantaría leer tus pensamientos, tus historias o incluso pequeñas ideas. Tal vez tu manera de crear conexión inspire a otra persona que lo necesite en este momento — tal vez incluso a mí.


Catyobi


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