🌿 Nota de Catalina:
Este blog nace de una mente neurodivergente y un corazón inmigrante. Es una mezcla de recuerdos, plantas, recetas, viajes y reflexiones—sin líneas rectas, solo historias de un cerebro que piensa distinto.
Escribo para ser la voz que una vez necesité—para quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar, incomprendidos, o “demasiado.” No están solos.

Ayer, mi gata Brûlée murió en mi cama a las 12:10 a.m. Había estado conmigo casi nueve años. Era terca, independiente, difícil de descifrar — nunca me dejaba acariciarla, pero dormía en mi almohada todas las noches. Esa era su forma de amarme.
Cuando se enfermó, no lo noté a tiempo. Para cuando entendí, ya era demasiado tarde. Ella estaba lista para irse. Y ahora me quedo con el arrepentimiento — el arrepentimiento de no haberlo visto antes, de que pasara sus últimos meses confinada dentro de la casa para mantenerla a salvo de Mr. Stray (uno de mis perros), de no haberle dado el jardín que tanto amaba.
El peso de cuidar a los animales

Quienes cuidamos de animales rescatados o muchos al mismo tiempo cargamos con un peso que casi nadie ve. Desde afuera, la gente solo mira las fotos tiernas, las anécdotas graciosas, las casas llenas de mascotas. Pero lo que no se ve son las decisiones difíciles de cada día:
¿Llamo ya al veterinario o espero un poco más?
¿Puedo pagar este tratamiento sin desbaratar mi presupuesto del mes?
¿Los mantengo seguros dentro de la casa o les doy libertad y arriesgo sus vidas?
¿Sigo intentando o es momento de dejarlos ir?
Nunca hay respuestas fáciles. Cada decisión parece equivocada. Y al final, inevitablemente aparece la culpa: Debí haber hecho más. Debí haberme dado cuenta antes. Debí haberles dado más felicidad.
Confinamiento, libertad y el equilibrio imposible

Ahora mis gatos están encerrados por culpa de Mr. Stray. Es un cazador y no puedo arriesgar sus vidas con él. También lo quiero — él es parte de la familia —, pero por su carácter, los demás gatos ya no pueden tener la libertad que antes disfrutaban. Me duele, pero sé que así están seguros.
Con Oliver fue lo contrario. Siempre había sido un gato de interior, pero después de la pandemia, cuando vi cuánto sufría la gente por el encierro, decidí darle la libertad de salir al jardín. Era tan feliz — corriendo, cazando, viviendo su mejor vida entre las plantas. Pero hace tres años lo mató un perro callejero. Esa fue mi decisión — y es un peso que siempre llevaré conmigo.
Si los encierro para mantenerlos a salvo, me culpo por quitarles la libertad. Si los dejo libres, arriesgo sus vidas. Nunca es suficiente.
La culpa universal de cuidar
Y no pasa solo con los animales. Mi mamá vivió lo mismo cuando cuidaba de mi abuela. La gente alrededor la juzgaba: ¿Por qué no le pusiste aretas? ¿Por qué está vestida así? Nadie veía la repetición interminable de palabras, el desgaste de mantenerla con vida, la manera en que mi mamá apenas podía sostenerse a sí misma.
Después de que mi abuela murió, mi mamá confesó que tenía muchos arrepentimientos. Uno de ellos era no haberle dejado comer más chocolate — porque de todas formas iba a morir, y tal vez el chocolate le habría dado un poco de alegría. Ese arrepentimiento, junto con tantos otros, aún vive en ella, aunque dio absolutamente todo lo que pudo.
Esa es la realidad de cuidar: te entregas por completo, mantienes a alguien vivo y a salvo, y aun así te quedas con la culpa.
El cuidado como parte de ser mujer
Hay otra capa en todo esto: ser mujer. Nuestra feminidad casi siempre se mide por el cuidado — por qué tan buenas hijas somos, qué tan buenas esposas, qué tan buenas madres o incluso dueñas de mascotas. El cuidado se vuelve una expectativa, algo grabado en nosotras, como si ser mujer significara automáticamente ser cuidadora.
Y como se espera de nosotras, el juicio es más duro. Si fallamos, si nos cansamos, si cometemos errores, el mundo enseguida dice que no hicimos lo suficiente. Y nosotras también nos lo decimos.
Esa constante medición hace que el arrepentimiento pese más. Hace que el amor se sienta como una prueba que nunca podremos aprobar.
Por qué el amor nunca se siente suficiente
La verdad es que siempre vamos a tener arrepentimientos. Porque ningún cuidado parece suficiente cuando alguien que amamos muere.
Pero esto es lo que me recuerdo a mí misma: nuestras mascotas, nuestros mayores, nuestros seres queridos no miden la vida como lo hacemos nosotros. Ellos no cuentan los paseos en carro ni los viajes a la playa, no llevan la cuenta de aretes o de vestidos. Ellos miden el amor en presencia, en seguridad, en pertenencia, en la tranquilidad de estar cerca.
Brûlée eligió mi almohada. Ese era su lenguaje de amor. El mío hacia ella fue quedarme, incluso cuando era difícil, incluso cuando significaba dejarla ir.
Para todos los que cuidan

Si estás al cuidado de rescatados, de tu familia o de alguien frágil — recuerda que no estás solo en cargar con el dolor y el arrepentimiento. El amor siempre se siente insuficiente, pero en realidad, lo es todo.
Me gusta imaginar que Brûlée ahora está con Oliver, libres otra vez en el jardín. Y quizá eso sea suficiente. 💜


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